Azkena, primera y geriátrica jornada
Después de un viaje eterno en tren, verdura con cuello encogido y boca pastosa (odio los baños de todo lo que lleve ruedas, así que no bebo, y claro, poco meo) pone raíz en Vitoria y echa a rodar —la maleta—.
Ya con modelito festivalero, que en mi caso coincidía por razones de espacio con el del Brocco rodador, vía bus urbano nos dirigimos a Mendizabala.
Como era de prever no se podía entrar al recinto con ningún tipo de bebidas y comidas (los chicos de delante tuvieron que tirar, cabreadísimos, una bolsa de patatas mientras yo me decía eso de no semos naide frente al capital). Pero el lugar era amplio, con verde cespecillo y nada de suelo polvoriento, estamos en Europa. Además, razonablemente bien comunicado y con atentísimos vendedores ambulantes de birra sorteando a la policía municipal. De traca fue lo del hombre con el carrito de los chorizos y demás cosas grasientas, parecía que estaba pasándonos drogas y no dos bocatas.









