Azkena, primera y geriátrica jornada

 

Después de un viaje eterno en tren, verdura con cuello encogido y boca pastosa (odio los baños de todo lo que lleve ruedas, así que no bebo, y claro, poco meo) pone raíz en Vitoria y echa a rodar —la maleta—.

Ya con modelito festivalero, que en mi caso coincidía por razones de espacio con el del Brocco rodador, vía bus urbano nos dirigimos a Mendizabala.

Como era de prever no se podía entrar al recinto con ningún tipo de bebidas y comidas (los chicos de delante tuvieron que tirar, cabreadísimos, una bolsa de patatas mientras yo me decía eso de no semos naide frente al capital). Pero el lugar era amplio, con verde cespecillo y nada de suelo polvoriento, estamos en Europa. Además, razonablemente bien comunicado y con atentísimos vendedores ambulantes de birra sorteando a la policía municipal. De traca fue lo del hombre con el carrito de los chorizos y demás cosas grasientas, parecía que estaba pasándonos drogas y no dos bocatas.

 

Qué decadencia

Ubiquémonos, pues. Todo verde Heineken, de ahora en adelante verde Brocco, preparado para que verdura y gallardo acompañante gozaran como antaño. ¿Como antaño? ¡No! Porque entonces dormíamos en incómodas y pestilentes tiendas de campaña apenas cuatro horas, no en camas mullidas hasta las tres de la tarde; nos quedábamos hasta el amanecer bailoteando para amortizar las entradas y ahorrar cogiendo el primer bus del día, no aprovechando las últimas canciones del grupo del final para pillar taxi sin pelearnos con nadie; introducíamos a pesar de las prohibiciones latas de birra en cualquier bolsillo u orificio corporal, qué es eso de pillar minis (o katxis) a siete euros; y no, no, no nos mirábamos diciendo, "mi reino por fregarme la piñata".

Dos escenarios, de nombre Heineken el principal y Azkena el más recoleto. Cacheo a la entrada (qué ojos tenía esa moza, qué ojos) y adentro.

Llegamos cuiando ya habían empezado los Waterboys, maldita RENFE. Ambiente tranquilo y gente la justa para no sentirse solo y llegar hasta la primera fila. Tiempo entre concierto y concierto para echar un ojo a los puestecillos y baños todavía limpios. Temperatura excelente y algo de dinerico para invertir en birra. Start!

 

No quiero ser una rock star, quiero ser una virtuo-sa

El señor Mike Scott (en las fotos con un inquietante aire a José Mercé) no tardó en ponerme las hojas de punta, aunque supongo que mi predisposición era total. Tantos años con ganas de cazarlos en directo después de fli-par con sus discos hasta llegar a incluir en mi tracklist de favoritas su Fisherman’s Blues. Esa potentísima voz, esa ironía, esa cara de alucinado mientras recita, todo dylaniano él… Súmenle un violinista que aturdía con su brillantez, ahora un instrumento clásico, ahora un violín eléctrico y, mientras, el front man soltando versos en memoria de Hendrix. Acojonante pianista, ritmos locos hasta el infinito. ¿Quién necesita batería? Llenaron de sobra el escenario "más pequeño".

Parecía que iba a ser un tostón acústico, ¿eh, rockerillos? 

Sonaron clásicos como Whole Of The Moon, A Man Is In Love y Pain Within, para mi gozo y alboroto. Compenetrados al máximo y con un sonido contundente que debió sorprender a más de uno, los Waterboys conectaron con el público, dando, en mi verde opinión, la campanada en este festival dedicado eminentemente al rock.

Iggy Pop, sin novedad en las nalgas

Era el más esperado de la jornada, sin duda. Recuerdas, Alonsete, cómo botamos viéndolo en el Santirock? ¿Por qué tan poco entusiasmo esta vez? ¿Quizá porque no tocó Lust for life?

En fin, este señor aún lo hace muy bien, pero su decrepitud evidente me sonroja. Al margen de tener que ver tres cuartos de su culo fuera del pantalón (para qué una sutil huchita pudiendo mostrar cachete con cachete, viva la flaccidez del mito sexagenario) y me atrevería a decir que más de la mitad de su (puaj) pubis, lo predecible, aunque supongo que ahí para muchos estaría lo bueno, de la actuación me decepcionó y casi aburrió. O sea, I wanna be your dog por partida doble, No Fun, Dirt, 1969… Y mucho fuck you y fucking todos.

El mejor y más delirante momento, sin duda, fue la que se montó cuando el escenario se llenó de gente dando botes, haciendo la iguana e intentando tocar a un Iggy en éxtasis. Los fans, supongo que sin poder creerse el estar ahí arriba recibieron duros mamporros del señor de seguridad, que tenía cara de cabreado de verdad. Qué guantazos, oiga. Mientras, la estrella ejerciendo de, cantando, reptando y siendo sobeteado.



Impresionantes los Stooges eso sí. Es que me resultan tan entrañables esos rockeros de toda la vida con aspectillo de abueletes, sudando la calva con la guitarra en alto… E impresionante la reverberante voz de Iggy al más puro estilo soy Cher y este es mi vocoder. Menos mal que él mismo pidió a los técnicos que se cortaran un poco, que ya mareaba.

 Muertos vivientes

Y llegaron los Misfits. Mucha gente de negro y tachuelillas, tatuajes a gogó, ese era el look predominante. Y ése era su momento. Tachán… Las momias pintarrajeadas tocaron sin descanso entre cada tema, una, dos, tres, no se cuántas canciones, todas de un parecido sospechoso. El tostonazo, madre. Momento flojo, no se qué opinarán los fans, que lo cuenten en sus negros blogs. Nosotros nos fuimos, echamos unos bailes en la carpa rock, que cerraba a las siete (a esas horas ya estaríamos en el séptimo sueño) y en la que pinchaba un componente de Sex Museum. Ná, poco más.

 

NOTA 1: pinchad en los nombres de los grupos, dejo enlace a su myspace para que podáis escuchar unas cancioncillas. 

NOTA 2: iré subiendo poco a poco las fotos a flickr cuando limpie, fije y de esplendor (ni idea de retocamientos, se siente).




Mira cuanta gente nos ve